martes, abril 11, 2006

La violencia, problema de salud pública

Por RAFAEL PÉREZ YBARRA


Vivimos en un mundo rodeado de violencia; cada año mueren en él más de 1,6 millones de personas como consecuencia de actos violentos. La violencia se ha convertido en un azote ubicuo; no hay país, ciudad o comunidad a salvo. Afecta a cualquier tipo de personas: adultos, adolescentes o niños, son víctimas o verdugos. En España, la violencia es también, como en el resto de sociedades desarrolladas, un problema grave; sólo en 2004 se describieron más de 20.000 hechos violentos denunciados, que van desde las simples riñas hasta los homicidios. "El siglo XX ha sido el más violento de la historia de la humanidad y los comienzos del XXI parecen seguir la pauta", reconoce David Huertas, profesor de psiquiatría de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid).

Una de las razones por la que apenas se ha considerado la violencia como una cuestión de salud pública es la falta de definición clara del problema. Así lo reconoce el documento de la OMS en el que se señala la violencia como un problema de salud pública: "La violencia es un fenómeno sumamente difuso y complejo cuya definición no puede tener exactitud científica, ya que es una cuestión de apreciación". No existe un factor que por sí solo explique por qué una persona se comporta de manera violenta y otra no. La violencia es un problema complejo enraizado en la interacción de muchos factores biológicos, sociales, culturales, económicos y políticos.

"No creo que haya picos de violencia, sino más bien está enraizada en el comportamiento humano y el tejido social", asegura Eudoxia Gay, psiquiatra del Hospital Reina Sofía (Córdoba). Por eso, no cree que la violencia sea un problema que deba "sanitarizarse" más allá de la atención a las víctimas. Sin embargo, la violencia es omnipresente. "Se asoma por todas partes; el cine, la televisión, la literatura, la pintura y hasta la moda se ven inmersos en una tendencia global hacia la hostilidad", dice Huertas. La violencia, pues, está ahí y su intensidad crece en todos los ámbitos hasta hacerse reconocible en la actualidad informativa. "Se nota un incremento en la agresión instrumental, pero tampoco falta la violencia por placer, típicamente humana, característica de los asesinos en serie".

La violencia está tan presente que se percibe como un componente ineludible de la condición humana, un hecho ineluctable ante el cual se debe reaccionar. Pero, ¿es realmente una condición del ser humano? Sigmund Freud y Carl Jung ya hablaban de la sombra o del lado oscuro del ser humano. "Lo único que nos diferencia de los simios es la evolución cerebral que nos ha llevado a la capacidad de socializar y, en definitiva, a la cultura", dice Huertas. A pesar de que los hechos parecen corroborar el auge de los comportamientos violentos, no todos los expertos coinciden. El psicoanalista Francisco Pereña cree que no se puede afirmar que estemos asistiendo a una época más violenta, sino a una dispersión de la violencia.

La desigualdad, la diversidad y lo que Pereña define como dispersión se traduce en un aumento de un tipo de violencia más cercana, más casera, "una violencia sádica que se desarrolla en el entorno doméstico, familiar, laboral y escolar", afirma Huertas, del Hospital de Guadalajara. La destrucción de los inferiores o los otros ha existido siempre. "El acoso escolar, así como muchos otros actos de violencia, viene dado por que se ve al otro como ser indigno, inferior o distinto. Si hay una relación de igual, si hay empatía, es muy difícil que haya violencia; la empatía desactiva la violencia casi automáticamente", indica Huertas. Pero además se está produciendo un proceso de globalización, de exportación de la violencia a todos los rincones del planeta. "Paradójicamente, frente a la globalización, nos encontramos ante a un fenómeno de tribalización. La violencia se convierte en un rito antisocial de estas tribus para cohesionarse", explica Pereña.

La búsqueda de las raíces de la violencia conduce a un escenario en el que no termina de haber un consenso definitivo. "Concurren elementos biológicos, psicológicos y ambientales. Los factores de riesgo son tanto personales -familias desestructuradas, ambientes marginales con drogadicción-, como sociales, ámbito en el que la competitividad interindividual de las sociedades capitalistas se traduce muchas veces en incomunicación, individualismo y frustración juvenil", explica Huertas.

Todos ellos construyen al violento, sea un sujeto o un grupo social, como rígido e intolerante y profundamente inseguro en su identidad. "Esta inseguridad le lleva a defenderse de la víctima a la que considera una amenaza. De no destruirla podría ser destruido por ella", añade Eudoxia Gay. "Generalmente el violento es un intolerante, pero no un enfermo, y raramente los actos violentos son actos psicóticos".

Los seres humanos somos agresivos por naturaleza, fruto de nuestro pasado antropoide, pero pacíficos por cultura. "Tenemos la capacidad de filtrar ese instinto agresivo y convertirlo en un comportamiento social gracias a la cultura. La agresividad en sí no es mala; lo que es patológico es la forma en la que se canaliza la agresividad", añade. Y diferencia entre agresividad y violencia. "La primera es el instinto natural de defendernos y actuar de forma violenta en pro de la supervivencia, hombres y mujeres por igual. La violencia es una configuración perversa de la agresividad, un subtipo de agresión física extrema entre seres humanos y no existe en ninguna otra especie animal. Por ello, la violencia es siempre patológica y genera una disfunción social".

Lo mismo piensa la doctora Gay: "Es un acto de relación en el que el sujeto del acto violento pretende destruir de una manera, imaginaria o real, a la víctima. El acto violento siempre tiene un sentido utilitario a través del cual se pretende el sometimiento del otro". Para Gay, no hay que confundir agresividad con violencia. La primera es biológica, instintiva y esta mediada por reacciones neuroquímicas. La violencia es relacional y utilitaria, pretende conseguir poder sobre el otro, en un sentido amplio del término. El caso más paradigmático es la transmisión de la violencia de género a los hijos en familias afectadas".

La propia indefinición de la violencia supone un grave problema para su total comprensión. "Los términos violencia y agresividad son complejos y se utilizan indistintamente. La agresividad se refiere más bien al comportamiento; no es instinto, sino más bien la carencia de un instinto", señala Pereña.

Huertas considera que la agresividad es un instinto conveniente per se, pero que puede trasformarse en un comportamiento objetivo a través de factores neuroquímicos. De esta forma, la agresividad no se transmitiría genéticamente, debido a lo que es un instinto natural, sino que se trasmitiría el descontrol de la agresividad, "es decir, la propensión a la violencia".

Desde un punto de vista psicobiológico, la violencia recidivante podría tener un tratamiento farmacológico. Para el control químico de la conducta violenta se aconsejaría el uso de una serie de compuestos que actúan sobre la agresividad. "Este arsenal terapéutico estaría indicado ante un caso de violencia recidivante en el que, tras un análisis psiquiátrico, se diagnosticara un trastorno mental. No se pueden emplear, por ejemplo, en aquellas personas que cometen actos de violencia sin motivo; son personas que se están saliendo del proceso de sociabilización. Ante esto es necesario educación, psicoterapia, etcétera", reconoce Huertas. Pereña va un poco más lejos y considera que la tendencia de los humanos es al liderazgo y a la violencia. "La única forma de luchar con la violencia es la diversidad y la mezcla de razas, religiones, etcétera. Eso y la culpa; ahora mismo está de moda la ausencia de culpabilidad y tendemos a achacarlo todo a la enfermedad".

Más allá y más acá de los genes

En su libro Neurobiología de la agresividad, David Huertas aventura algunas causas de la violencia. "El individualismo, la falta de solidaridad, la masificación urbana, la contaminación acústica o atmosférica o el aprendizaje de la violencia por imitación pueden explicar en parte esta situación". Además, si añadimos a esta sociedad de frustraciones el consumo de drogas psicoactivas, se produce un resultado explosivo. También se ve favorecida por la impunidad y tolerancia con la que se asumen determinados actos violentos, "como la violencia en el deporte o contra los animales", sostiene la psiquiatra Eudoxia Gay.

"La crueldad es la violencia organizada y orquestada socialmente y que tiene mucho que ver con el sentido de la vida. Por ejemplo, todas las religiones se sienten perseguidas, pero también son perseguidoras", afirma Francisco Pereña. En este sentido, el sentimiento de culpa sería una conquista moral en la tendencia de hacer daño. "El hombre es un lobo para el hombre, pero la culpa lo diluye", dice Pereña.

El avance de la biología molecular abre la puerta a la identificación de genes que podrían relacionarse con el comportamiento violento. "La psiquiatría biológica o la psicobiología tratan de resolverlo todo con unos genes de la agresividad. Pero, ¿cuál es el genotipo de los niños de las favelas?", se pregunta Pereña. "No podemos consentir que no exista un acto libre de la conducta humana y que todos estemos condicionados genéticamente; si hay un gen de la violencia, entonces sí existe determinismo". Este psicoanalista no considera la violencia desde un punto de vista patológico, pues "de esa forma, toda la humanidad estaría enferma".

Fuente El País

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